lunes, octubre 10, 2005



¡CÓMO AMARÍA... !

¡Cómo amaría que el rayo tremendo, este instante, fulminárame intempestivo y azotador!
El cielo triste y gris vierte, derramador cual crátera divina, un llanto lejano y sublime.
¡Cómo amaría que tierna mariposa, portadora de la vida, posárase cándida sobre mis cejas!
Haciendo de éstas la patria hirsuta y cálida de gérmenes perdidos, bebedores sedientos de
mis lagunas oculares.
El lecho seguro de un bosque frontal que ensombreciera mi visión y la plagara de vientos
rumorosos
¡Cómo amaría que el rayo tremendo, este instante, fulminárame intempestivo y azotador!
Pues, si soy hijo de la luna insomne cuál habrá de ser mi palidecer, sino el de un epígono de
todos los suspiros de desgarros venales.
¡Cómo amaría que tierna mariposa, portadora de la vida, posárase cándida sobre mis cejas!
Y que así como en un crepúsculo prematuro, colmado de preñez vigilante, se imprimiera
en mi rostro el retorno sempiterno
De un son vencedor, albor de los tiempos y que con un rocío vibrante se lavara el alud
atronador de mi corazón.
Pues, si soy hijo de la luna insomne cuál habrá de ser mi palidecer, sino el de un epígono de
todos los suspiros de desgarros venales.
Habitante de las zonas polares, en cuya blancura purísima se anuncia la zahurda de los
pesares, ¡deseoso anhelo mío pretendes
Que así como en un crepúsculo prematuro, colmado de preñez vigilante, se imprima en mi
rostro el retorno sempiterno!


ENTONCES ME HICE POETA.

De infante tierno
Me parecía a los algarrobos rociados
Donde cada pétalo era un intento,
Triste por las hórridas noches;
Placentero con las brisas perfumadas
De mar de canto de sal revoloteante,
De una libertad trascendente
En la existencia metafísica,
Concertada por los mágicos sones
De querubines desnudos
Y como en una procela
El naufragio redentor de los sentidos perdidos,
Donde creía hallar la ambrosía de los cielos,
La falsa esperanza que los hombres,
Pobres animales de mi tiempo,
Me habían enseñado.
Existía, pues, continente como un cofre,
Constreñido de los voraces apetitos
Y engalanaba, en bordando
Un manto florido con mis pasos pequeños,
De una santidad precoz mis mejillas,
Enderezadas a seguir las pasiones de mi primer maestro,
El Zen Jesucristo.
Mas: mis manos, mis ojos, mis labios,
Mis genitales y pensamientos acalorados,
No lograron jamás despojarse de la lasciva
Y colérica nutrición que obceca y empapa
Los pechos carentes e insaciables.
Era también, cual niño vulgar,
Primo cercano de los idólatras pueblerinos,
Juguetón en piernas hiladas,
Brizna exploradora urdía ensenadas,
Campos veloces, callejuelas tardías,
El sudor menudo mis sienes teñía;
Era, además, pendenciero mañoso,
De agravantes revueltas y mi ensoñación,
Ígnea y despierta,
Migraba en su fantasía hacia caderas afeminadas,
Porcelanas pizpiretas.
Apagado y sombrío de adolescente fui,
Hundido en hospitales mis debilidades sufriendo
Y en liza mis sentimientos,
Atrincherados valientes,
Morirían espirituales mis apoyaturas sepulcrales;
Desecados talentos sangraban,
Flautistas de trenos, los magullados lamentos.
A la sazón un querer solitario,
Un garbanzo olvidado,
Una vesanía eclipsaba mi cientificismo en padecimientos:
La familia en caída, longeva y preambular;
El amor, promisorio y lejano, sonreía promiscuo viniendo;
Los amigos, festines
Para los vivos y los muertos,
Edificando todo el camino en amargo sabor,
Mientras mi mirada extraviada,
Vagabunda, más y más, en lo azuloso de los vientos,
Hacía el pathos del Tártaro su incipiente trayecto,
Contemplando el albor del erotismo en cocimiento,
Tórrido, epicéntrico y pluvial;
Las llanuras se anegaban con llantos senectos
Y mi cabeza se emborrachaba tendida en el arenal,
Bajo la sombrilla mil Soles abrazaron mi pesar,
Para levantarme junto al Mar,
Como una estatua vestida,
Pues el viento mi ropa movía,
Entonces cantaron con el dolor místico
Las Sibilas de mi locura, sin fe,
Un encomio poético contrallo: a la Naturaleza, el Amor y la Desventura.

Viernes 17 de Septiembre del 2004, a un día de la
Conmemoración de la muerte del Negro.